La
diversidad lingüística: una problemática antigua
Para entender los actuales problemas políticos
en Bélgica es necesario remontarse a la histórica diversidad lingüística que,
centrada sobre todo en Bruselas, es fuente de discrepancias entre flamencos y
francoparlantes.
El país está dividido en dos lenguas: el
neerlandés, hablado por un 60 por ciento de la población, principalmente en la
región de Flandes y el francés, en la región de Valonia, que es hablado por un
40 por ciento de los habitantes. Existe también una pequeña porción de la
población de habla germana.
Desde que se fundó el Estado belga hace 180
años, los gobernantes tuvieron por costumbre utilizar el idioma francés en sus
comunicaciones y esta elección provocó a los flamencos de habla neerlandesa la
sensación de una posición de altanería por parte de los funcionarios. Posteriormente,
cuando Bélgica se une a los Países Bajos, la élite administrativa flamenca,
mayormente francófona, es destituida y reemplazada por personas neerlandófonas,
venidas mayoritariamente de Holanda.
Es en torno a la convivencia de estas lenguas
en donde siempre han surgido conflictos políticos y socio-culturales.
Los
flamencos reclaman Flandes
Algunos dichos populares belgas señalan a los
flamencos como a los ciudadanos con mayores ingresos, generadores de materias
primas y variados recursos económicos, quienes pudieron beneficiarse con la
llegada del federalismo. Mientras que a los francófonos de Valonia se los
caratula como a una sociedad con mayores niveles consumistas en proporción al
nivel de su producción.
Tal es así que el partido Open VLD, liderado
por Alexander de Croo, suma a estos pensamientos culturales, una mirada con
tintes claramente nacionalistas acusando a los francófonos de ocupar un suelo
que no les pertenece en la periferia flamenca de Bruselas.
Si bien la contraparte de habla francesa,
liderada por Olivier Maingain, comparte con el Open VLD una tendencia liberal, defiende
su postura y sostiene el reclamo de los derechos de los valones, acusando a de
Croo de “fascista no violento”.
Consecuencias
de una posible descentralización
Más allá de la compleja situación política y
social que vive el país, los ciudadanos belgas reaccionan a este conflicto de
manera pacífica, manteniéndose optimistas ante una posible desintegración. Es
el área universitaria la que tratando de concientizar al gobierno organiza marchas
en las diferentes poblaciones, manifestándose en contra de la desunión reinante.
Una de las ciudades estudiantiles más populares en donde ocurrieron estos
reclamos es Gante, capital de la Provincia de Flandes
Oriental en la Región Flamenca.
Desde
el 13 de junio de 2010, los siete partidos que aspiran
a gobernar este país de Europa Noroccidental
no lograron llegar a un acuerdo de negociación de un nuevo gabinete y como
consecuencia de esta desunión, Bélgica
es actualmente gobernada por un gobierno interino.
El rol
de la monarquía
Más allá de que Bélgica tiene una monarquía constitucional y practica una
democracia parlamentaria, el poder político del Rey Alberto II como Jefe de
Estado, es de alguna manera limitado. Entonces son el Primer Ministro y los
partidos que gobiernan el país, los que
ejercen el verdadero poder representativo.
Por lo general, cada uno de estos partidos
gobernantes bogan por representar a sus comunidades lingüísticas correspondientes,
aunque las preocupaciones residen en el desequilibrio del Poder Ejecutivo, el
cual está representado por tres partidos valones y sólo un partido flamenco.
Wilfried Martens, actual Presidente del
Partido Popular Europeo y ex Primer Ministro belga, ya manifestó sus preocupaciones
basadas en que esta crisis podría afectar la economía de la Unión Europea y la
imagen del país como líder de la misma.
La
riqueza multicultural: otro punto de vista
Paradójica y paralelamente a la crisis
política reinante, la heterogeneidad racial, lingüística y cultural de la
sociedad belga, conforma un universo digno de ser admirado por quien, tal fue mi caso, llega por primera vez
a un país del primer mundo.
Al salir de la Estación Central
de Trenes (Antwerpen Centraal) me encontré con un colorido panorama étnico
(neerlandeses, musulmanes, judíos ortodoxos, etc.) conviviendo en un país
absolutamente organizado desde los pequeños detalles en los medios de
transporte públicos, semáforos, limpieza y conciencia ecológica integrada,
hasta las grandes bases de la seguridad social: inserción laboral para nativos
e inmigrantes, contención cultural, salud y tantas otras necesidades básicas
cubiertas por el Estado.
Sería imposible y de carácter
descontextualizado como ciudadana argentina, intentar apelar a las comparaciones
y diferencias evidentes entre mi país y otro tan avanzado como lo es Bélgica,
ya que para comprender una situación social es necesario comenzar por evaluar
los fundamentos y asistencias básicas como lo son la educación, la cobertura
médica y el trabajo. Simplemente, resulta interesante conocer otros modelos
sociales para saber que, a veces, a pesar de situaciones políticas complejas,
una sociedad puede seguir manteniendo una unión y un mismo fin: el bienestar
común, la oferta laboral, el cuidado de los ámbitos públicos y no perder de vista una mirada integradora.
María Luisa, Corresponsal en Europa, en la Catedral
Por otra parte, y de cierto modo preocupante,
es la inclinación social europea hacia una política con rasgos derechistas. Es
por eso que instalo este interrogante: ¿cuáles son las variantes para que
seguridad nacional no signifique nacionalismo?
Sin dudas, otra respuesta que no puede sacarse
de contexto pero que requiere observación, análisis y conocimiento histórico
para que Europa no repita errores del pasado.
Pros y contras (o palabras para armar):
Solidaridad, unidad, historia, educación,
igualdad, información, sociedad, trabajo, inclusión, inmigración, emigración, conciencia
individual y social, apertura, posibilidades, posibilidad.



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