Más de un millón de personas de todas partes del mundo
compartieron memorias, pensamientos y sentimientos sobre Steve Jobs, creador de
Apple en la página oficial de la empresa multinacional. Uno de los elementos en
común entre tantas muestras de afecto fue el reconocer que este hombre reactivó
la pasión y la creatividad.
Muerte
y Legado
Steve Jobs, fundador de Apple y una figura
icónica que transformó los hábitos de consumo de varias generaciones con
productos como el iPod, el iPhone o el iPad, falleció a los 56 años de un
cáncer.
Jobs -que sufría de cáncer- renunció a fines de
agosto a su cargo de jefe ejecutivo de la compañía de computación con una
carta, en la que decía que no podía continuar cumpliendo con sus tareas. "Siempre
dije que si llegaba el día en el que no pudiera cumplir con mis deberes y las
expectativas como CEO de Apple sería el primero en hacérselos saber.
Lamentablemente ese día ha llegado", indicó Jobs entonces en la misiva. En 1976 fundó la compañía junto a Steve
Wozniak y Ronald Wayne, y jugó un papel fundamental en la revolución de las
computadoras personales. En 1985 fue expulsado de la empresa, lo que provocó
una caída en los ingresos de Apple, que se revirtió sólo con su regreso en
1996.
Jobs deja como últimos aportes a la
tecnología la nueva versión del Iphone, el 4S; la quinta versión del sistema
operativo iOS5; su sistema de almacenamiento virtual, iCloud, y el asistente de
voz para el nuevo teléfono, Siri.
Ejerció como consejero delegado de Apple hasta
finales de agosto, cuando renunció por no poder hacer frente a sus obligaciones
y después de ocho meses de baja por motivos médicos. "La brillantez, la
pasión y la energía de Steve fueron la fuente de incontables innovaciones que
enriquecen y mejoran nuestras vidas. El mundo es enormemente mejor debido a
Steve", dijo el consejo de administración de Apple en un comunicado. El
ejecutivo había superado un tumor de páncreas en 2004, un trasplante de hígado
en 2009 y este año fue visto en centros para pacientes de cáncer, si bien nunca
se confirmó que se le hubiera reproducido la enfermedad.
En 2011, se presentó muy esporádicamente en los
lanzamientos oficiales de la compañía muy poco públicamente y reapareció para la
presentación del iPad 2 el pasado mes de marzo, un evento en el que fue
recibido con una sonora ovación y en el que se mostró extremadamente delgado.
La alta
implicación de Jobs en el diseño y desarrollo de exitosos productos como los
reproductores iPod o el teléfono iPhone ha generado una imagen de dependencia
que ha hecho cuestionarse al mercado si Apple seguirá siendo vanguardista sin
su cabeza pensante al frente.
El 5 de enero Jobs aseguró en un comunicado que
sus médicos habían determinado que sus problemas de salud tenían como origen un
desequilibrio hormonal de tratamiento "simple y sencillo".
Meses después, moría en su lugar en el mundo:
Sillicon Valley, donde la tecnología lo vio crecer y triunfar.
Una
personalidad inquietante
La personalidad de Jobs se veía reflejada en
los productos que creaba. En el núcleo mismo de la filosofía de Apple, desde el
primer Macintosh de 1984 hasta el iPad, una generación después, se encontraba
la integración completa del hardware y el software, y lo mismo ocurría con el
propio Steve Jobs: su personalidad, sus pasiones, su perfeccionismo, sus
demonios y deseos, su arte, su difícil carácter y su obsesión por el control se
entrelazaban con su visión para los negocios y en innovadores productos que
surgían de ellos.
La
teoría del campo unificado que une la personalidad de Jobs y sus
productos comienza con su rasgo más destacado: su intensidad. Sus silencios
podían resultar tan virulentos como sus diatribas. Había aprendido por su
cuenta a mirar fijamente sin pestañear. En ocasiones esta intensidad resultaba
encantadora, en un sentido algo obsesivo, como cuando explicaba la profundidad
de la música de Bob Dylan o por qué el producto que estuviera presentando en
ese momento era lo más impresionante que Apple había creado nunca. En otras
ocasiones podía resultar muy ácido, como cuando despotricaba acerca de cómo
Google o Microsoft habían copiado a Apple.
Esta intensidad daba pie a una visión binaria
del mundo. Sus compañeros se referían a ella como la dicotomía entre héroes y
capullos. Podías ser una cosa o la otra, y a veces ambas a lo largo de un mismo
día. Otro tanto ocurría con los productos, con las ideas e incluso con la
comida. Un plato podía ser «lo mejor que he probado nunca» o bien una bazofia
asquerosa e incomestible.
Como resultado, cualquier atisbo de
imperfección podía dar paso a una invectiva. El acabado de una pieza metálica,
la curva de la cabeza de un tornillo, el tono de azul de una caja, la
navegación intuitiva por una pantalla: de todos ellos solía afirmar que eran
completamente horribles hasta el momento en que, de pronto, decidía que eran
absolutamente perfectos. Se veía a sí mismo como un artista, lo era, y
manifestaba el temperamento propio de uno.
Su búsqueda de la perfección lo llevó a su
obsesión por que Apple mantuviera un control integral de todos y cada uno de
los productos que creaba. Le daban escalofríos, o cosas peores, cuando veía el
gran software de Apple funcionando en el chapucero hardware de otra marca, y
también era alérgico a la idea del contenido o las aplicaciones no autorizadas
que pudieran contaminar la perfección de un aparato de Apple. Esta capacidad
para integrar el hardware, el software y el contenido en un único sistema
unificado le permitía imponer la sencillez. El astrónomo Johannes Kepler afirmó
que «la naturaleza adora la sencillez y la unidad». Lo mismo le ocurría a Steve
Jobs.
Este instinto por los sistemas integrados lo
situaba sin reparos en un extremo de la división más fundamental del mundo
digital: los sistemas abiertos contra los cerrados. Los valores de los hackers
que se impartían en el Homebrew Computer Club favorecían los sistemas abiertos,
en los que el control centralizado era escaso y la gente tenía libertad para
modificar el hardware y el software, compartir los códigos de programación,
escribir mediante estándares abiertos, rechazar los sistemas de marca
registrada y crear contenidos y aplicaciones compatibles con una gran variedad
de dispositivos y sistemas operativos.
El joven Wozniak se enmarcaba en ese campo; el
Apple II que diseñó se podía abrir con facilidad y contaba con un montón de
ranuras y puertos en los que los usuarios podían conectar tantos periféricos
como quisieran. Con el Macintosh, Jobs se convirtió en uno de los padres
fundadores de la concepción contraria. El Macintosh era como un
electrodoméstico, con el hardware y el software estrechamente interrelacionados
y cerrados ante las posibles modificaciones. El código de los hackers se
sacrificaba para crear una experiencia de usuario integrada y sencilla.
Todo ello empujó a Jobs a decidir que el
sistema operativo del Macintosh no estaría a disposición del hardware de
ninguna otra compañía. Microsoft planteó la estrategia opuesta, permitiendo que
su sistema operativo, Windows, se licenciara con facilidad. Aquello no daba
lugar a los ordenadores más elegantes del mundo, pero sí hizo que Microsoft
dominara el mundo de los sistemas operativos. Después de que la cuota de
mercado de Apple se redujese a menos del 5%, la táctica de Microsoft quedó
declarada como la vencedora en el campo de los ordenadores personales.
A largo plazo, no obstante, el modelo de Jobs
demostró que ofrecía ciertas ventajas. Incluso con una cuota de mercado menor,
Apple fue capaz de mantener un enorme margen de beneficios mientras otros
fabricantes de ordenadores se convertían en productores de bienes genéricos de
consumo. En 2010, por ejemplo, Apple sólo contaba con el 7% de los beneficios
del mercado de los ordenadores personales, pero se hizo con el 35% del
beneficio neto.
Lo que resulta más significativo aún es que, a
principios de la década de 2000, la insistencia de Jobs en conseguir una
integración completa le ofreció a Apple la ventaja a la hora de desarrollar una
estrategia de centro digital, que permitía que el ordenador de sobremesa se
conectara a la perfección con diferentes dispositivos móviles. El iPod, por
ejemplo, formaba parte de un sistema cerrado y firmemente integrado. Para
utilizarlo, debías emplear el software iTunes de Apple y descargar el contenido
de su tienda iTunes. El resultado fue que el iPod, al igual que el iPhone y el
iPad que vinieron tras él, eran una elegante maravilla en comparación con los
deslavazados productos de la competencia, que no ofrecían una experiencia
integral completa.
La estrategia dio resultado. En mayo de 2000,
el valor de mercado de Apple era veinte veces menor que el de Microsoft. En
mayo de 2010, Apple superaba a Microsoft como la compañía tecnológica más
valiosa, y en septiembre de 2011 su valor se encontraba un 70% por encima del
de Microsoft. En agosto se había convertido en la compañía más valiosa del
mundo.
Para entonces, la batalla había comenzado de
nuevo en el mundo de los dispositivos móviles. Google adoptó la postura más
abierta y dispuso que su sistema
operativo Android estuviera al alcance de cualquier fabricante de tabletas
o teléfonos móviles. En 2011, su cuota en el mercado de los teléfonos móviles
igualaba a la de Apple.
La desventaja del carácter abierto del Android
era la fragmentación resultante. Varios fabricantes de móviles y tabletas
modificaron el Android para crear decenas de variedades y sabores, lo que
dificultaba que las aplicaciones pudieran mantener su consistencia o aprovechar
al máximo sus características. Ambos enfoques tenían sus propios méritos.
Algunas personas querían tener la libertad de utilizar sistemas más abiertos y
contar con una mayor variedad de opciones de hardware; otras preferían sin
dudarlo la firme integración y el control de Apple, que daban como resultado
productos con interfaces más simples, una mayor vida útil de las baterías, una
mayor facilidad de uso y una gestión de los contenidos más sencilla.
La desventaja de la postura de Jobs era que su
deseo de maravillar al usuario lo llevaba a resistirse a concederle ningún
poder. Entre los defensores más reflexivos de los entornos abiertos se
encuentra Jonathan Zittrain, de Harvard. Su libro El futuro de internet y cómo
detenerlo comienza con una escena en la que Jobs presenta el iPhone y
alerta acerca de las consecuencias de sustituir los ordenadores personales por
dispositivos estériles encadenados a una red de control. Cory Doctorow realiza
una defensa aún más ferviente en el manifiesto que escribió, titulado Por qué
no voy a comprarme un iPad, para Boing Boing. "El diseño demuestra una
gran reflexión e inteligencia, pero también se aprecia un desprecio palpable
por el usuario -escribió-. Comprarles un iPad a tus hijos no es la forma de
fomentar la idea de que el mundo es suyo para que lo desmonten y lo vuelvan a
construir; es una forma de decirle a tu prole que incluso el cambio de baterías
es algo que deberías dejarles a los profesionales."
Para Jobs, su creencia en el planteamiento
integrado era una cuestión de rectitud moral. "No hacemos estas cosas
porque seamos unos obsesos del control -explicó-. Las hacemos porque queremos
crear grandes productos, porque nos preocupamos por el usuario y porque
queremos responsabilizarnos de toda su experiencia en lugar de producir la
basura que crean otros fabricantes." También creía que estaba prestándole
un servicio al público: "Ellos están ocupados haciendo lo que mejor se les
da, y quieren que nosotros hagamos lo que mejor se nos da. Sus vidas están
llenas de compromisos, y tienen cosas mejores que hacer que pensar en cómo
integrar sus ordenadores y sus dispositivos electrónicos."
Esta postura iba en ocasiones en contra de los
intereses comerciales a corto plazo de Apple. Sin embargo, en un mundo lleno de
dispositivos de baja calidad, de software inconexo, de inescrutables mensajes
de error y de molestas interfaces, el enfoque integrado daba como resultado
productos impresionantes marcados por una cautivadora experiencia del usuario.
Utilizar un producto de Apple podía resultar tan sublime como pasear por uno de
los jardines zen de Kioto, que Jobs adoraba, y ninguna de esas experiencias tenía
lugar al postrarse ante el altar de los sistemas abiertos o al permitir que
florezcan un millar de flores. En ocasiones resulta agradable quedar en manos
de un obseso del control.
Jobs atribuía su capacidad para concentrarse y
su amor por la sencillez a su formación zen, que había afinado su sentido de la
intuición, le había enseñado a filtrar cualquier elemento que resultase
innecesario o que lo distrajese, y había alimentado en él una estética basada
en el minimalismo.
Desgraciadamente, su formación zen nunca
despertó en él una calma o serenidad interior propias de esta filosofía, y eso
también forma parte de su legado. A menudo se mostraba muy tenso e impaciente,
rasgos que no se esforzaba por ocultar. La mayoría de las personas cuentan con
un regulador entre el cerebro y la boca que modula los sentimientos más bruscos
y los impulsos más hirientes. Eso no ocurría en el caso de Jobs. El tenía a gala el ser brutalmente
sincero. "Mi trabajo consiste en señalar cuándo algo es un asco en
lugar de tratar de edulcorarlo", afirmó. Eso lo convertía en una persona
carismática e inspiradora, al mismo tiempo de ser un verdadero aguafiestas.
Cuando hería a otras personas, no se debía a
que careciera de sensibilidad emocional. Al contrario: podía evaluar a las personas,
comprender sus pensamientos internos y saber cómo conectar con ellas,
cautivarlas o herirlas según su voluntad.
Este rasgo desagradable de su personalidad no
era en realidad necesario. Lo entorpecía más de lo que lo ayudaba. Sin embargo,
en ocasiones sí que servía para un fin concreto. Los líderes educados y
corteses que se preocupan por no molestar a los demás resultan por lo general
menos eficaces a la hora de forzar un cambio. Decenas de los compañeros de
trabajo que más ataques recibieron de Jobs acababan su letanía de historias de
terror afirmando lo siguiente: había
conseguido que hicieran cosas que nunca creyeron posibles.
La historia de Steve Jobs es un claro ejemplo
del mito de la creación de Silicon Valley: el comienzo de una compañía en el proverbial
garaje y su transformación en la empresa más valiosa del mundo. Jobs no inventó
muchas cosas de la nada, pero era un
maestro a la hora de combinar las ideas, el arte y la tecnología de formas que
inventaban el futuro. Diseñó el Mac tras valorar el poder de las interfaces
gráficas de una forma que Xerox había sido incapaz de hacer, y creó el iPod
tras apreciar la maravilla que suponía contar con mil canciones en el bolsillo
con una eficacia que Sony (que contaba con todos los elementos y la capacidad
para ello) nunca pudo alcanzar. Algunos líderes fomentan la innovación al
considerar una perspectiva más general. Otros lo logran mediante el dominio de
los detalles. Jobs hizo ambas cosas de forma implacable. Como resultado
revolucionó seis industrias: ordenadores personales, películas de animación,
música, teléfonos, tablets, y edición digital.
¿Era Jobs inteligente? No, no de una manera
excepcional. Y, sin embargo, era un genio. Conseguía saltos imaginativos
instintivos, inesperados y en ocasiones mágicos. Constituía sin duda un ejemplo
de lo que el matemático Mark Kac llamaba un «genio matemático», alguien cuyas
ideas salen de la nada y requieren más intuición que una mera potencia de
procesamiento mental. Como si fuera un explorador, podía absorber la
información, percibir el cambio del viento e intuir qué iba a encontrar en su
camino.
Steve Jobs se convirtió en el ejecutivo
empresarial de nuestra era con más posibilidades de ser recordado dentro de un
siglo. La historia lo consagrará en su
panteón justo al lado de Edison y Ford. Consiguió, más que nadie en su
época, crear productos completamente innovadores que combinaban el poder de la
poesía y los procesadores.
Con una ferocidad que podía hacer que trabajar
con él fuera tan perturbador como inspirador, también construyó la compañía más
creativa del mundo. Además, fue capaz de grabar en su ADN la sensibilidad por
el diseño, el perfeccionismo y la imaginación que probablemente la lleven a
ser, incluso dentro de varias décadas, la compañía que mejor se desenvuelva en
la intersección entre el arte y la tecnología.
Si bien, Steve Jobs se consolida como un genio
del los últimos años, su sistema de computación ha sido muy cuestionado por
Richard Stallman, director del Software Libre, quien aseguró:
"Nadie merece morir, ni Jobs, ni el señor
Bill, ni otras personas culpables de crímenes mayores. Pero todos
merecemos el final de la maligna influencia de Jobs en la computación de las
personas",
“Steve Jobs, el pionero en hacer de la
computadora una cárcel cool diseñada para quitarles la libertad a los
tontos, ha muerto".
Más allá de las opiniones personales, Steve
Jobs ha sido un pionero en la computación y en los dispositivos tecnológicos
del nuevo milenio. Sin embargo, es conocido, también, que no hay empresas más monopólicas que Apple y Microsoft en el mundo del
software. Jobs ha demostrado que sus inventos sólo podían ser comprados por
una minoría elitista mundial y el servicio técnico para los dispositivos MAC
son los más discriminadores del mercado.
Sólo el tiempo, ubicará a Jobs en el lugar de
la historia que le sea merecido, por el momento, ha muerto un gran innovador,
un genio monopólico.




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